Hace unos días, por tener el trabajo con el que me busco la vida, tuve la suerte de visitar un aula de niños de cinco años. En la moderna pizarra digital, se proyectaba la imagen fija del retrato de nuestro escritor más universal. Con impostada cara de extrañeza, pregunté a los niños quién era y, casi al unísono, respondieron en vendaval ¡Miguel de Cervantes! Sobre la parte superior de una librería que estaba junto al moderno encerado, se encontraba entreabierto, en sus primeras páginas, un librito que, tras dirigirle someramente la mirada, provocó otro torrente de voces simultáneas y joviales: ¡Don Quijote de la Mancha! y … ¡Sancho Panza!. Tras cogerlo, provoqué una pose de exaltación y sobrecogimiento posterior, que me permitió leerles las dos primeras páginas, gozando del silencio necesario. La complicidad, expresada en las caras atentas de esos niños al escuchar los primeros vocablos, algunos de ellos tan lejanos a sus vivencias diarias, ...